Thursday, March 10, 2016

EL SANTO GRIAL ES DE SILICONA

Recuerdo el verano de 1998: mi hermana gemela y yo visitamos a nuestra querida madrina en Portland, OR, y tomamos cursos de animación cuadro por cuadro y oceanografía en el Oregon Museum of Science and Industry. En un baño del OMSI a los 12 años, descubrí un trozo de papel higiénico teñido de rojo.
Ya había recibido, alguna vez, la plática sobre la mens-trua-ción.  A grandes rasgos explicaron en qué consistía el fenómeno, aseguraron que a todas las mujeres les sucedía -incluso a mi abuela- y que era el rasgo distintivo de ser mujer. Sin embargo, no entiendo cómo ese fenómeno había pasado desapercibido, incluso en mi propia casa. ¿Existe algún entrenamiento para no dejar huella de la cuestión sangrante? ¿En qué había fallado la mujer que dejó un rastro de sangre en el baño? Haberme encontrado con ese papel manchado me hizo anhelar la llegada de mis sangrados mensuales y, entonces sí, SER una mujer.
El período se tardó en llegar y con la espera se disipó mi entusiasmo. Andrés, el que viene cada mes, llegó poco antes de que cumpliera 15 años y estuvo lejos de ser un sueño. Recuerdo que la semana anterior a la menarquia me había sentido débil, estuve resfriada e incómoda. La madrugada de un domingo fui al baño y sentí una descarga anormal pero no encendí la luz para ver qué había pasado. Fue hasta la mañana siguiente que descubrí que “ya era una señorita”, no una mujer. Le conté a mi mamá y ella me pidió que le diera la noticia a mi papá. Lloré, supongo que por el dolor de saber que cada mes me enfrentaría a una experiencia incómoda y desgastante. Odié las toallas femeninas desde el día uno. Me costaba creer que toda esa fase comprendía una absoluta tortura que me acompañaría hasta el fin de mi vida. Luego me informaron que hacia los cincuenta ocurre la menopausia y una para de sangrar por la vagina pero vienen otros achaques.
En automático, desarrollé todo tipo de estrategias para ocultar mi condición sangrante. Me irritaba que mi mamá me preguntara si ya estaba con la regla. Era un fastidio que me bajara justo en mi cumpleaños. Usaba un boxer bajo el pants de la escuela para poder hacer ejercicio. Guardaba las toallas en monederos para que no me sorprendieran con el paquetito indiscreto. Fueron numerosas las ocasiones en que amanecí con las sábanas manchadas, por suerte siempre en mí propia cama y aún así sentí vergüenza. Desde el principio me reventó la expresión “estoy en mis días” ¿Qué días, carajo?
En la escuela se empeñaron en hablar discretamente del sangrado. Los jóvenes de mi generación comenzamos a recibir clases de educación sexual perfectamente diseñadas para hombres y mujeres. Eso sí, abordadas por separado: no vaya a ser que elijan comprender al otro en vez de privilegiar la diferencia. De tal manera, las chicas nos tomábamos una clase donde nos explicaban todo el tema de SER mujer. Supongo que con los chicos pasaba algo igual para ser bien hombres. Nadie me habló de cómo poner un condón pero fui debidamente instruida en la colocación de la toalla sanitaria en mis calzones.
La posibilidad de nadar durante el período estaba realmente descartada. Qué mal la pasé aquel verano del 2001 en California: no pude sofocar el calor con un chapuzón porque me estaba bajando. Los tampones no eran una opción, no había eso en mi casa y no imaginaba la posibilidad de comprarlos o pedirle a mi mamá que lo hiciera. Además, ni loca me metería algo “allí abajo” como le llaman a la vagina los retrógradas que buscan controlarnos incluso al nombrar las partes de nuestro cuerpo.
Conforme fui creciendo, me sorprendía que algunas chicas fueran tan desinhibidas al hablar de la menstruación. Algunas sacaban la toalla o los tampones sin reparo. Otras se excusaban de ciertas actividades porque estaban “en sus días”. Ya en la preparatoria había grupos de chicas cuyos ciclos estaban sincronizados y los comentaban con mucha gracia. Ese me pareció el signo más bello de la amistad entre mujeres.
Sangre y autognosis
Poco a poco me di cuenta de que la menstruación es incómoda por su parafernalia y no por el proceso biológico en sí mismo. Tardé un montón en entender que el ciclo cuenta desde el primer día del sangrado y no cuando este finaliza. Pasé varios años de mi vida pensando que la regla se me adelantaba siempre. Me costó mucha sangre entender que yo misma podía resolver los malestares si aprendía a mirar mi cuerpo y entender mis emociones.
Recuerdo que cuando tuve la menarquia, mi hermana me recomendó dormir de costado para evitar mancharme en la noche. Si tenía cólicos, me sugerían hacerme un té y ponerme la taza caliente sobre el vientre. Nadie me dijo que era posible estar viva cuando sangras: se recomienda el reposo.
La publicidad y la cultura pop nos bombardean con imágenes de chicas que sucumben a la intensidad de sus cólicos o que maltratan al novio por la montaña rusa de la sensibilidad. Últimamente pretenden resarcir el daño con la representación de chicas que se van de fiesta vestidas de blanco: confían al cien en la toalla de su elección. Ahora también existe la variante atlética y audaz.
Poco a poco fui poniendo en práctica estrategias para no sufrir. Primero aprendí a llevar la cuenta del ciclo. Luego comencé a observar mi cuerpo y reconocer los signos: el acné en la cara, la sensibilidad en los senos, la tensión en el sacro, la hinchazón del vientre, la pésima digestión. Eso venía acompañado de cierta irritabilidad que aprendí a dominar para que nadie me dijera que estaba hormonal. Quise gobernar mi cuerpo biológico y emocional.
Para evitar el malestar de menstruar, comencé a tomar una pastilla de naproxeno sódico o ibuprofeno dos días antes de la fecha estimada de inicio. Con eso comencé a ahorrarme los cólicos y el SPM en general. Tengo la hipótesis de que la actividad sexual incide en los tiempos del sangrado -que sea puntual o no- pero no he podido validarlo por falta de información científica. He comprobado las propiedades analgésicas del orgasmo en compañía y por cuenta propia. Incrementé mi actividad física y comencé a utilizar tampones para poder correr y nadar cómodamente. Desobedecí a Patanjali en sus indicaciones sobre la práctica del Ashtanga Vinyasa Yoga cuando estás menstruando, aunque a veces sí me reservo las posturas invertidas.
¿Es que no hay salvación? Como decía, utilizar toallas sanitarias me irritaba -en sentido literal y figurado. Todavía no entiendo cómo otras chicas hablan de la suavidad y comodidad que estas brindan en sus bragas: ES IMPOSIBLE. Supongo que, en otro tiempo, llevar paños manchados causaba mucha molestia, especialmente a la hora de lavarlos. Aun así, hubiera preferido recurrir a ellos antes que a esos pequeños cultivos de cáncer. Son esos productos los que provocan la sudoración del pubis. Son ellas las que provocan el mal olor que se le adjudica a la sangre. Encima, la sociedad nos culpa por contaminar al mundo con nuestras toneladas de desechos carmesí.
Descubrir el santo grial
Cuando decidí que debía reconocerme como feminista, comencé a leer muchos fanzines y tumblrs de feministas estadounidenses. En uno de ellos descubrí la existencia de un recipiente de silicona que capta el sangrado: no daba crédito. Pensar que alguna vez sería posible erradicar los pañales diminutos se convirtió en mi norte. Me puse a leer mucho sobre la copa menstrual y las toallas reutilizables como alternativas a los tampones y las toallas desechables.
Como la copa menstrual es un producto disruptivo, su introducción en el mercado ha sido lenta. Recientemente se ha vuelto sencillo comprar una por internet pero el tema de la mensajería tiende a estresarme: no confío en mis vecinos y anticipo que el paquete podría extraviarse. Ya he perdido bastantes ejemplares de la Philomag en los últimos dos años que llevo suscrita.
Por ahí de septiembre de 2015 pude comprar una copa a través de Facebook. La amiga de una amiga las vende y las entrega en estaciones de metro. Nos pusimos de acuerdo para hacer la transacción. Fue un día muy emocionante. Ella me contó que algunas mujeres reservan la sangre para utilizarla con fines muy diversos. Me dio algunas sugerencias e instrucciones sobre cómo utilizarla. Llegando a casa me puse a ver videos en youtube y esperé paciente a que llegara el turno de insertarla dentro de mí y poner a prueba su encanto.
Como toda experiencia nueva, colocar la copa fue todo un reto. Al principio me obligué a combinarla con una toalla para no mancharme. Los días sin fugas fueron una fiesta. Ahí estaba yo entendiendo que los días que sangro son como cualquier otro día. Dejé de preocuparme por las rozaduras e incomodidades de las compresas desechables. Por primera vez en 15 años, celebré la menstruación.
Es imposible estar en el mundo sin tener una mínima capacidad de conocerse a sí mismo. Aunque esto se dice en un plano psíquico, conocer el cuerpo también es fundamental e introspectivo. Utilizar una copa menstrual nos permite ser más dueñas de nuestro cuerpo. Contribuye a cambiar la narrativa de la mujer desfallecida o incapacitada porque se le desprende el endometrio cada 28 días, en promedio.
Menstruar es una forma de conocerse a sí misma.
Tareas pendientes
Es mi deseo sumarme al creciente grupo de mujeres que pone la menstruación como tema relevante en nuestra sociedad. Sin embargo, hablar y reflexionar al respecto es un lujo para mujeres educadas como yo. Mientras escribo esto, millones de niñas, jovencitas y mujeres siguen sin acceso a condiciones mínimas de higiene. Una buena parte de ellas son humilladas por sangrar. Otras tantas ocultan sus periodos para no ser abusadas. Hay mujeres que durante la regla deben evitar el contacto con los hombres así como mantenerse lejos de ciertos alimentos y objetos para no ensuciar ni echar a perder las cosas. Los mitos en torno a la sangre menstrual son muy diversos y perjudiciales para las mujeres en el mundo.
Presumo que, eventualmente, la copa menstrual será un objeto accesible para todas. Además de ahorrar incomodidades, reduce la producción de desechos y el desarrollo de enfermedades. Nuestras vidas podrán desarrollarse sin la incómoda parafernalia de la menstruación al mismo tiempo que desactivamos mitos y prejuicios que pretenden someternos en lo cotidiano.

 Publicado originalmente en Registro (10 de marzo de 2016)

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