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Thursday, March 31, 2016

¿ESTAMOS ÉTICAMENTE UNIDOS?

“No solamente estoy en las manos de alguien más antes de que
comience a trabajar con mis manos sino que también estoy,
por así decirlo, en las “manos” de instituciones, discursos,
ambientes, incluyendo la tecnología y los procesos de la vida,
manejados por un campo de objeto orgánico e inorgánico
 que excede lo humano.”
 Judith Butler, Senses of the subject

En la lengua de señas mexicana, confiar se expresa colocando las manos frente al pecho y llevando las manos y los antebrazos hacia abajo, casi como una caída. Esta imagen me recordó al típico ejercicio de integración de grupos: una persona sube a una mesa o a una barda y se deja caer, de espaldas, hacia un grupo de gente con los brazos entrelazados para recibirlo. Lo mismo puede ocurrir entre dos personas: uno extiende los brazos y el otro se impulsa hacia atrás. Por alguna razón, yo siempre flexionaba una pierna: anticipaba que no me recibirían.
No diré que ya entonces sospechaba que había algo que fallaba en mi entorno. Sin embargo, alcanzaba a percibir que las cosas no eran lo suficientemente sólidas: ¿por qué temía utilizar una falda corta a la noche? ¿Qué me impulsaba a llevar las llaves entre los dedos de la mano? ¿Por qué siempre he caminado tan rápido? Aunque no me agradan, estas son algunas de las acciones que he implementado para mi propia supervivencia. Me he visto obligada a responder a una serie de hechos que se actúan sobre mí: en mi cuerpo y en el espacio público. Se me ha revelado mi propia vulnerabilidad.
A finales de marzo de 2015, Judith Butler visitó México para dar un par de conferencias. Fue significativo que ella misma hubiera reconocido que, si bien las cuestiones de género son relevantes, habría que aproximarse a las implicaciones de la precariedad y la vulnerabilidad en todos los registros posibles. A fin de cuentas, estos conceptos son cuestionados por la teoría queer y sus aportaciones son reveladoras. No es casual que la conferencia principal se titulara “Vulnerabilidad y resistencia revisitadas”.
Déjate caer
¿Quién se arrojaría a ciegas sobre la flamante Ciudad de México? ¿Podría alguien dejarse caer a los brazos del Estado de México? ¿De Guerrero, Chihuahua, Veracruz, Michoacán? En términos más generales, ¿hay alguien que confíe en este país llamado Estados Unidos Mexicanos? ¿Sería posible encontrar asidero en el mundo?
Son pocas las regiones del país que cuentan con una infraestructura sólida y que brinde protección a los ciudadanos y visitantes. Lo común es encontrarse con deficiencias abrumadoras que o bien provocan accidentes, o bien permiten la proliferación de ilícitos que crecen exponencialmente. No olvidemos que solamente el 1% de los crímenes ocurridos en México se resuelven, reporte que quedó como anécdota porque a la fecha no se ha sabido de alguna estrategia para procurar justicia de manera eficiente y eficaz.
Aún así, nos desplazamos por el mundo porque asumimos nuestra libertad de movimiento y confiamos en el respaldo que ofrece el espacio que se despliega a nuestros pies. Sin embargo, la realidad nos devuelve una advertencia: el derecho a la movilidad no se puede dar por sentado. Butler advierte: “nadie puede moverse sin tecnologías y un ambiente que lo sostenga”. Estas tecnologías pueden ser piernas o prótesis, cualquier elemento que nos ponga en marcha. Por otra parte, la calle, el espacio, debe ofrecer condiciones para el movimiento. El cuerpo requiere de estos elementos para desplazarse.
Retomo la implicación de la infraestructura en la vida de los seres humanos porque, en Senses of the subject, su más reciente publicación, Judith Butler explica:
“No soy afectado solamente por este otro o este conjunto de otros, si no por un mundo en el que los seres humanos, las instituciones y los procesos orgánicos e inorgánicos se imprimen sobre este yo que es, en las afueras, susceptible en maneras que son radicalmente involuntarias. […] Soy un ser en necesidad de respaldo, dependiente, dado a un mundo infraestructural para poder actuar, requiriendo una infraestructura emocional para sobrevivir.”
¿Qué respaldo hay en la calle, siendo una infraestructura incompleta, fallida? ¿Qué certeza brindan las leyes y las instituciones? ¿Sobre qué superficie desplegamos la vida? ¿Existe un sostén emocional para nuestra existencia? Nuestros cuerpos se juegan en un espacio endeble, irregular. Cada vez nos encontramos más limitados para ocupar el espacio público. Ya ni siquiera hay ágora, el lugar del encuentro, el escenario de la comunidad. La ciudad deja de pertenecerle a los ciudadanos para quedar en manos de empresarios que administran los espacios que les son concesionados a cambio de una modesta inversión para recibir toda una ganancia. De esta manera, los gobiernos se deslindan cada vez más de procurar los servicios básicos y las condiciones mínimas indispensables para garantizar la vida.
En la reciente visita del Papa Francisco, muchas de las calles que recorrería fueron maquilladas ipso facto. En Ecatepec, la región más peligrosa del Estado de México para las mujeres, se desplegó toda una maquinaria que resolvió superficialmente problemáticas añejas. Aunque los residentes lo calificaron como milagro, no deberíamos desistir de cuestionar la medida tomada por el gobierno local. México, una nación de apariencias, no traicionó sus costumbres simuladoras.
Butler explica que “el cuerpo implica moralidad, vulnerabilidad, agencia: la piel y la carne nos exponen a la mirada de los otros, pero también al tacto, y a la violencia; los cuerpos también nos arriesgan a convertirnos en la agencia y el instrumento de todo esto.” (Butler, 2004:26) ¿Por qué el cuerpo de Francisco y su comitiva merecía mejores condiciones que las de quienes llevan décadas sumidos en la miseria? ¿No son las condiciones materiales las que permiten la realización de la vida? Ecatepec, siendo un lugar descuidado tanto por el gobierno como por sus habitantes, se ha convertido en un Cronos que devora todo, especialmente a sus hijas.
Hijos de Seth, vocación de Isis
La dimensión más agotadora de la humanidad ni siquiera tiene un peso real. Se trata, en efecto, de la ausencia de ello, de la fatigosa falta, del silencio escandaloso que nos asfixia precisamente porque no está. La ausencia es la huella que deja el abuso de poder, la impunidad, la corrupción. Es la incapacidad de comprender bajo qué lógica es posible abducir a una persona, destrozarla, torturarla, desaparecerla.
Existe un mito fascinante que revela el compromiso subyacente en el amor, pertenece a la mitología egipcia. Es conocida la historia del dios Osiris que fue cortado por Seth, su hermano, en catorce pedazos que luego esparció por Egipto. En su amor infinito, Isis, hermana y esposa de Osiris, recorría de noche cada rincón del reino hasta que recuperó todos los pedazos.
Una tarea similar emprenden las familias de los desaparecidos. Sin la posibilidad de recoger ningún retazo, se quedan sin rastros qué seguir, no hay testigos, se agotan los lugares que recorrer. La noche y el día no pueden ser reconstruidos cuando alguien amado está desaparecido.
Una larga cadena de omisiones ha hecho de este país una fosa clandestina. Cada vez es más común que operen grupos de personas, aparentemente gobernados por el dios de las tinieblas, que se entregan a la anulación del otro. Es escandaloso tener la certeza de la implicación de la policía y los militares en la desaparición y asesinato de los seres humanos que deberían proteger. Butler los identifica como agentes con responsabilidad. No admite el pretexto de la obediencia. Incluso, se pregunta: “¿Qué condiciones sociales ayudan a formar los modos en que la elección y deliberación proceden? ¿Cómo es que la violencia radical se vuelve una opción, que aparece como la única opción viable para algunos, bajo condiciones globales vigentes?” (Butler, 2004:16).
Las preguntas de Butler son relevantes porque demandan una explicación a la necropolítica que impera en nuestros días. Una respuesta anticipada tiene que ver con la renuncia a la responsabilidad respecto a la vida del Otro y la ruptura de los lazos éticos que sostienen un nosotros.
Relación y responsabilidad
Si hay una frase omnipresente en nuestras vidas, esa debe ser la que dice “No nos hacemos responsables”. Aparece impresa en los boletos de estacionamiento; restaurantes y gimnasios tienen letreros pegados en las paredes; a veces también aparecen en contratos y reglamentos. Cuando señalamos una falta o accidente, los supuestos responsables se escudan bajo esa frase. Sin notarlo, ésta se ha convertido en un estilo de vida: nos hemos deslindado del Otro con el pretexto de desentendernos de las propiedades de terceros. Nos hemos acostumbrado a ella porque nos tiene sitiados.
En sus escritos, Butler ha abordado la interdependencia entre seres humanos. Los postulados de Martin Buber, Pierre Hadot, Gilles Deleuze, Simone de Beauvoir, Jacques Derrida, resuenan a través de las palabras de Butler como evidencia de esta interdependencia no solo vital, sino incluso teórica.
Me concentraré en la influencia de Martin Buber en el pensamiento de Judith Butler. Alrededor de los 15 años, Butler comenzó a estudiar la filosofía de Buber en sus clases particulares con un rabino. Uno de los conceptos más relevantes es el de la relación, abordado por Buber en la construcción de la vida dialógica. De acuerdo con Buber, en las relaciones genuinas, recíprocas, se produce un “entre”, un espacio entre el yo y el tú que se relacionan. Ese “entre” es crucial, pues se compone del tú y el yo aunque no es ni uno, ni otro. Butler lo retomará como el lazo que se sacude en la pérdida, lo que potencia el duelo.
Butler señala que los cuerpos no solamente pertenecen a una red de relaciones  sino que también están definidos por dichas relaciones, es decir: determinan sus capacidades de actuar y de vivir. Siguiendo esto, hay algo que nos obliga tomar en cuenta nuestra responsabilidad colectiva por la vida de los otros: reconocer la vulnerabilidad humana como algo común, como una condición humana compartida universalmente.
Esta relación necesaria nos capacita para acompañar el duelo. Esto, de acuerdo con Butler: “revela la esclavitud en la que nos mantiene nuestra relación con los otros, en formas que no siempre podemos relatar o explicar, en formas que a menudo interrumpen la auto consciencia de nosotros mismos que intentamos brindar, en formas que desafía la noción de nosotros mismos como autónomos y bajo control”. (Butler, 2004:23)
La relación ética se construye por la capacidad de responder a una demanda. De aquí la pertinencia de preguntar si estamos éticamente unidos. ¿Somos capaces de responder por el otro? La desaparición y la masacre son ejecutadas sobre un grupo en específico. Sin embargo, nos afecta al resto y nos exige una respuesta. La atrocidad no puede dejarnos indiferentes.

Tuesday, March 17, 2015

COMUNIDAD EN CLAVE BUBER

Los últimos meses de 2014 me impusieron un silencio absoluto. La acumulación de atrocidades me dejó inerte aunque sentía la necesidad de escribir al respecto. Desde entonces me quedo a medias, divagando entre las razones del texto y la incapacidad de escribir lo que siento. ¿Qué siento? Siento un vacío enorme por donde se me han colado las palabras. No alcanzo a articular un texto que demuestre coherencia, que comunique algo, que tenga fuerza.
Como no podía escribir, tuve que empezar a hablar, a escuchar. De pronto me vi en más reuniones que lo normal. Siempre he sido una persona solitaria así que me sorprendió mi deseo de juntarme con la gente. Comencé a prestar atención a quienes me rodean y me di cuenta de que soy realmente afortunada. Retomé contacto con personas que no veía desde que salí de la universidad, a dotar de realidad esa frase tan común y hueca: “hagamos algo”.
Un día me pregunté si lo que me estaba pasando era que se me estaba volviendo necesario formar parte de algo. Al poner atención a lo que sucedía, me di cuenta de que poco a poco me integraba a una comunidad. Fue inevitable recordar el semestre que dediqué a estudiar a Martin Buber con 10 alumnos extraordinarios. Ese curso fue un atrevimiento de mi parte porque no era especialista en el tema: me había propuesto indagar con otros la importancia de la vida dialógica según Buber. Lo que hice fue construir un curso a partir de fragmentos de la obra de este filósofo austriaco. De tal modo, leímos lo verdaderamente medular para no extraviarnos en sus cavilaciones tan densas como reveladoras. He decidido volver a esas lecciones para construir la pista de aterrizaje de mi propio malestar.
La vida dialógica
En Yo y Tú, Buber explica que hay dos palabras primordiales que expresan maneras de relacionarse. Estas palabras primordiales forman parejas: Yo-Tú y Yo-Ello. En la pareja Yo-Tú, ambos participantes están plenamente presentes. Es decir: la relación implica el intercambio fluido de experiencias entre dos partes que están presentes de manera auténtica. En la pareja Yo-Ello, el Yo trata a lo otro (Ello) como un objeto, como un medio para lograr un fin: no hay intercambio ni autenticidad.
Los planteamientos de Buber son interesantes puesto que, en sintonía con John Donne, no sería posible pensar que el hombre es una isla ni que está solo en el mundo. Buber hace énfasis en la necesidad que tiene el ser humano para estar con otros. La existencia del ser humano tiene sentido en tanto que se relaciona, sobre todo, con otros seres humanos así como con la naturaleza y otras formas inteligibles.
De acuerdo con los planteamientos de Buber, en los encuentros se juegan los modos de relación. A Buber le interesa lo que ocurre en los encuentros verdaderos y, como decía, estos sólo son posibles en la pareja Yo-Tu. En este sentido, Buber aprecia la espontaneidad de una conversación, lo imprevisto de una respuesta, la sorpresa en una lección, la autenticidad en el abrazo y lo verdadero del duelo. ¿Qué ocurre con los encuentros? En ellos, dice, “lo esencial no ocurre en uno y en otro de los participantes, ni tampoco en un mundo neutral que abarca a los dos y a todas las demás cosas, sino, en el sentido más preciso, ‘entre’ los dos, como si dijéramos, en una dimensión a la que sólo los dos tienen acceso”. Esta dimensión, ese entre queda de manera residual en los participantes, en palabras de Buber: “queda un resto, un como lugar donde las almas cesan y el mundo no ha comenzado todavía, y este resto es lo esencial.” En los encuentros debe surgir el diálogo.
Para comprender la relevancia del diálogo, debemos atender las distinciones que señala Buber. Por un lado se tiene el diálogo genuino que será sostenido, evidentemente, por la pareja Yo-Tú. También se da el diálogo técnico que se limita al entendimiento. Por último aparece el monólogo disfrazado de diálogo que implica la habladuría, que difícilmente reconoce la presencia de los otros, que ni siquiera concibe interlocutores. Siguiendo a Buber, entenderemos que el diálogo es crucial porque no está determinado por ninguna razón ni finalidad y que pavimenta el camino de la vida dialógica. En palabras del filósofo: “la vida dialógica no es aquella en la cual se está continuamente entre personas, sino precisamente aquella otra en que con las personas con las que se está, se está verdaderamente.”
Buber explica que “la verdadera convivencia sólo puede prosperar allí donde los hombres experimenten, discutan, administren en común las cosas reales de su vida, […]” Así se genera un triángulo virtuoso entre la relación, el encuentro y el diálogo. Es posible que bajo estas condiciones hagamos comunidad.
Hacer comunidad
Recientemente, en uno de los grupos de gente con los que me reúno, hablamos sobre la comunidad. Cuando abarco este concepto, siempre pienso en clave Buber.
 Con frecuencia hablamos de que los seres humanos vivimos en sociedad. Quizá sea ese el impedimento principal para reconocer la responsabilidad que tenemos unos de los otros. Buber explica la diferencia entre una y otra:
 La comunidad es expresión y configuración de lo originario, es la totalidad del hombre de voluntad representadora, naturalmente unitaria, capaz de establecer vínculos; pero la sociedad es el lugar de lo diferenciado, del pensamiento disolvente, de la totalidad rota que busca privilegios. (1991, p. 35)
 Así que hemos caído en la trampa. Bajo la consigna de considerarnos civilizados, aceptamos el orden racional que brinda la sociedad, afirmamos estar agrupados en ella y, sin querer, cancelamos lo que tenemos en común. En la sociedad sobresalen las diferencias, las castas, las clases. Por el contrario, la comunidad que postula Buber es aquella donde prevalece la presencia del Tú a pesar de los sentimientos y las instituciones, que no descarta porque las reconoce como necesarias para la vida humana.
Lo cierto es que no hace falta estar todos juntos para ser comunidad. Su fortaleza radica, como dice Buber, en la capacidad de establecer vínculos que sean duraderos. Hay un ‘algo’ que nos hace ser comunidad, que se genera en el encuentro y se mantiene en la separación física porque se fundamenta en la relación. Quizá sea que nuestras afinidades cobran sentido, así como nuestras preocupaciones.
Puede que la expresión “construir comunidad” sea extraña. Lo cierto es que estamos obligados a construirla porque ya se ha diluido. Nos hemos extraviado en las dimensiones de la sociedad, que se empeñan en aislarnos. Debemos atender que para generar comunidad requerimos encuentro y diálogo.
La vigencia de Buber
Bajo la lógica operante, la gente dejó de juntarse para resguardarse en su aislamiento. El desarrollo tecnológico comenzó a ofrecer alternativas a la interacción con personas en tiempo y circunstancias reales. Transitamos rápidamente de la realidad virtual a las redes sociales y enarbolamos la bandera de la comunicación inmediata. Es un verdadero alivio poder contactar a nuestros seres queridos con unos cuantos clics pero no podemos dejar que eso sustituya la posibilidad de abrazarlos o verlos de frente.
Si miramos a nuestro alrededor, veremos que la pareja Yo-Ello es el modo de relación dominante. No solamente por la facilidad con la que unos utilizan a otros para conseguir lo que quieren si no porque, realmente, cada vez hay menos interacción entre las personas. Existe una confusión al concebir que una manera de estar con alguien es a través de los mensajitos de whatsapp o de las interacciones en las redes sociales. Sí, son modos de relación pero estos no son auténticos bajo la óptica del filósofo vienés. Por esta razón, Buber privilegia los encuentros como escenarios fértiles para la pareja Yo- Tú.
Quizá el problema es que nos hemos quedado sin ágora. ¿Dónde podemos reunirnos como ciudadanos? ¿Qué retazos de ciudad nos pertenecen todavía? Falta poco para emular las prácticas autoritarias que concebían como conspiración la reunión de más de tres personas, que impedían la celebración de fiestas en domicilios particulares o la concentración de personas en el espacio público. No es gratuito que los policías se alerten ante una aglomeración espontánea.
Con otro de mis grupos, un círculo de lectura en la Biblioteca Vasconcelos donde leemos a Pierre Hadot y Michel Onfray, hemos tocado la relevancia de la filosofía hoy día, en nuestra sociedad. Hablando de la figura de Sócrates, insistí en la falta de ágora para los ciudadanos. Realmente no tenemos un lugar de encuentro, al menos no en el ámbito de lo público. Carecemos de él al grado de denominar ‘ocupación’ el hecho de reunirnos en una plaza o un parque. La carga política es inevitable: lo ocupamos para reclamar su pertenencia. Los ciudadanos hoy somos expulsados de nuestro pequeño paraíso: la plaza pública.
Recuperar la plaza como escenario de encuentros y ocasión para el diálogo. Quizá así haremos comunidad.
Publicado originalmente en Registro (17 de marzo de 2015)