Thursday, March 31, 2016

¿ESTAMOS ÉTICAMENTE UNIDOS?

“No solamente estoy en las manos de alguien más antes de que
comience a trabajar con mis manos sino que también estoy,
por así decirlo, en las “manos” de instituciones, discursos,
ambientes, incluyendo la tecnología y los procesos de la vida,
manejados por un campo de objeto orgánico e inorgánico
 que excede lo humano.”
 Judith Butler, Senses of the subject

En la lengua de señas mexicana, confiar se expresa colocando las manos frente al pecho y llevando las manos y los antebrazos hacia abajo, casi como una caída. Esta imagen me recordó al típico ejercicio de integración de grupos: una persona sube a una mesa o a una barda y se deja caer, de espaldas, hacia un grupo de gente con los brazos entrelazados para recibirlo. Lo mismo puede ocurrir entre dos personas: uno extiende los brazos y el otro se impulsa hacia atrás. Por alguna razón, yo siempre flexionaba una pierna: anticipaba que no me recibirían.
No diré que ya entonces sospechaba que había algo que fallaba en mi entorno. Sin embargo, alcanzaba a percibir que las cosas no eran lo suficientemente sólidas: ¿por qué temía utilizar una falda corta a la noche? ¿Qué me impulsaba a llevar las llaves entre los dedos de la mano? ¿Por qué siempre he caminado tan rápido? Aunque no me agradan, estas son algunas de las acciones que he implementado para mi propia supervivencia. Me he visto obligada a responder a una serie de hechos que se actúan sobre mí: en mi cuerpo y en el espacio público. Se me ha revelado mi propia vulnerabilidad.
A finales de marzo de 2015, Judith Butler visitó México para dar un par de conferencias. Fue significativo que ella misma hubiera reconocido que, si bien las cuestiones de género son relevantes, habría que aproximarse a las implicaciones de la precariedad y la vulnerabilidad en todos los registros posibles. A fin de cuentas, estos conceptos son cuestionados por la teoría queer y sus aportaciones son reveladoras. No es casual que la conferencia principal se titulara “Vulnerabilidad y resistencia revisitadas”.
Déjate caer
¿Quién se arrojaría a ciegas sobre la flamante Ciudad de México? ¿Podría alguien dejarse caer a los brazos del Estado de México? ¿De Guerrero, Chihuahua, Veracruz, Michoacán? En términos más generales, ¿hay alguien que confíe en este país llamado Estados Unidos Mexicanos? ¿Sería posible encontrar asidero en el mundo?
Son pocas las regiones del país que cuentan con una infraestructura sólida y que brinde protección a los ciudadanos y visitantes. Lo común es encontrarse con deficiencias abrumadoras que o bien provocan accidentes, o bien permiten la proliferación de ilícitos que crecen exponencialmente. No olvidemos que solamente el 1% de los crímenes ocurridos en México se resuelven, reporte que quedó como anécdota porque a la fecha no se ha sabido de alguna estrategia para procurar justicia de manera eficiente y eficaz.
Aún así, nos desplazamos por el mundo porque asumimos nuestra libertad de movimiento y confiamos en el respaldo que ofrece el espacio que se despliega a nuestros pies. Sin embargo, la realidad nos devuelve una advertencia: el derecho a la movilidad no se puede dar por sentado. Butler advierte: “nadie puede moverse sin tecnologías y un ambiente que lo sostenga”. Estas tecnologías pueden ser piernas o prótesis, cualquier elemento que nos ponga en marcha. Por otra parte, la calle, el espacio, debe ofrecer condiciones para el movimiento. El cuerpo requiere de estos elementos para desplazarse.
Retomo la implicación de la infraestructura en la vida de los seres humanos porque, en Senses of the subject, su más reciente publicación, Judith Butler explica:
“No soy afectado solamente por este otro o este conjunto de otros, si no por un mundo en el que los seres humanos, las instituciones y los procesos orgánicos e inorgánicos se imprimen sobre este yo que es, en las afueras, susceptible en maneras que son radicalmente involuntarias. […] Soy un ser en necesidad de respaldo, dependiente, dado a un mundo infraestructural para poder actuar, requiriendo una infraestructura emocional para sobrevivir.”
¿Qué respaldo hay en la calle, siendo una infraestructura incompleta, fallida? ¿Qué certeza brindan las leyes y las instituciones? ¿Sobre qué superficie desplegamos la vida? ¿Existe un sostén emocional para nuestra existencia? Nuestros cuerpos se juegan en un espacio endeble, irregular. Cada vez nos encontramos más limitados para ocupar el espacio público. Ya ni siquiera hay ágora, el lugar del encuentro, el escenario de la comunidad. La ciudad deja de pertenecerle a los ciudadanos para quedar en manos de empresarios que administran los espacios que les son concesionados a cambio de una modesta inversión para recibir toda una ganancia. De esta manera, los gobiernos se deslindan cada vez más de procurar los servicios básicos y las condiciones mínimas indispensables para garantizar la vida.
En la reciente visita del Papa Francisco, muchas de las calles que recorrería fueron maquilladas ipso facto. En Ecatepec, la región más peligrosa del Estado de México para las mujeres, se desplegó toda una maquinaria que resolvió superficialmente problemáticas añejas. Aunque los residentes lo calificaron como milagro, no deberíamos desistir de cuestionar la medida tomada por el gobierno local. México, una nación de apariencias, no traicionó sus costumbres simuladoras.
Butler explica que “el cuerpo implica moralidad, vulnerabilidad, agencia: la piel y la carne nos exponen a la mirada de los otros, pero también al tacto, y a la violencia; los cuerpos también nos arriesgan a convertirnos en la agencia y el instrumento de todo esto.” (Butler, 2004:26) ¿Por qué el cuerpo de Francisco y su comitiva merecía mejores condiciones que las de quienes llevan décadas sumidos en la miseria? ¿No son las condiciones materiales las que permiten la realización de la vida? Ecatepec, siendo un lugar descuidado tanto por el gobierno como por sus habitantes, se ha convertido en un Cronos que devora todo, especialmente a sus hijas.
Hijos de Seth, vocación de Isis
La dimensión más agotadora de la humanidad ni siquiera tiene un peso real. Se trata, en efecto, de la ausencia de ello, de la fatigosa falta, del silencio escandaloso que nos asfixia precisamente porque no está. La ausencia es la huella que deja el abuso de poder, la impunidad, la corrupción. Es la incapacidad de comprender bajo qué lógica es posible abducir a una persona, destrozarla, torturarla, desaparecerla.
Existe un mito fascinante que revela el compromiso subyacente en el amor, pertenece a la mitología egipcia. Es conocida la historia del dios Osiris que fue cortado por Seth, su hermano, en catorce pedazos que luego esparció por Egipto. En su amor infinito, Isis, hermana y esposa de Osiris, recorría de noche cada rincón del reino hasta que recuperó todos los pedazos.
Una tarea similar emprenden las familias de los desaparecidos. Sin la posibilidad de recoger ningún retazo, se quedan sin rastros qué seguir, no hay testigos, se agotan los lugares que recorrer. La noche y el día no pueden ser reconstruidos cuando alguien amado está desaparecido.
Una larga cadena de omisiones ha hecho de este país una fosa clandestina. Cada vez es más común que operen grupos de personas, aparentemente gobernados por el dios de las tinieblas, que se entregan a la anulación del otro. Es escandaloso tener la certeza de la implicación de la policía y los militares en la desaparición y asesinato de los seres humanos que deberían proteger. Butler los identifica como agentes con responsabilidad. No admite el pretexto de la obediencia. Incluso, se pregunta: “¿Qué condiciones sociales ayudan a formar los modos en que la elección y deliberación proceden? ¿Cómo es que la violencia radical se vuelve una opción, que aparece como la única opción viable para algunos, bajo condiciones globales vigentes?” (Butler, 2004:16).
Las preguntas de Butler son relevantes porque demandan una explicación a la necropolítica que impera en nuestros días. Una respuesta anticipada tiene que ver con la renuncia a la responsabilidad respecto a la vida del Otro y la ruptura de los lazos éticos que sostienen un nosotros.
Relación y responsabilidad
Si hay una frase omnipresente en nuestras vidas, esa debe ser la que dice “No nos hacemos responsables”. Aparece impresa en los boletos de estacionamiento; restaurantes y gimnasios tienen letreros pegados en las paredes; a veces también aparecen en contratos y reglamentos. Cuando señalamos una falta o accidente, los supuestos responsables se escudan bajo esa frase. Sin notarlo, ésta se ha convertido en un estilo de vida: nos hemos deslindado del Otro con el pretexto de desentendernos de las propiedades de terceros. Nos hemos acostumbrado a ella porque nos tiene sitiados.
En sus escritos, Butler ha abordado la interdependencia entre seres humanos. Los postulados de Martin Buber, Pierre Hadot, Gilles Deleuze, Simone de Beauvoir, Jacques Derrida, resuenan a través de las palabras de Butler como evidencia de esta interdependencia no solo vital, sino incluso teórica.
Me concentraré en la influencia de Martin Buber en el pensamiento de Judith Butler. Alrededor de los 15 años, Butler comenzó a estudiar la filosofía de Buber en sus clases particulares con un rabino. Uno de los conceptos más relevantes es el de la relación, abordado por Buber en la construcción de la vida dialógica. De acuerdo con Buber, en las relaciones genuinas, recíprocas, se produce un “entre”, un espacio entre el yo y el tú que se relacionan. Ese “entre” es crucial, pues se compone del tú y el yo aunque no es ni uno, ni otro. Butler lo retomará como el lazo que se sacude en la pérdida, lo que potencia el duelo.
Butler señala que los cuerpos no solamente pertenecen a una red de relaciones  sino que también están definidos por dichas relaciones, es decir: determinan sus capacidades de actuar y de vivir. Siguiendo esto, hay algo que nos obliga tomar en cuenta nuestra responsabilidad colectiva por la vida de los otros: reconocer la vulnerabilidad humana como algo común, como una condición humana compartida universalmente.
Esta relación necesaria nos capacita para acompañar el duelo. Esto, de acuerdo con Butler: “revela la esclavitud en la que nos mantiene nuestra relación con los otros, en formas que no siempre podemos relatar o explicar, en formas que a menudo interrumpen la auto consciencia de nosotros mismos que intentamos brindar, en formas que desafía la noción de nosotros mismos como autónomos y bajo control”. (Butler, 2004:23)
La relación ética se construye por la capacidad de responder a una demanda. De aquí la pertinencia de preguntar si estamos éticamente unidos. ¿Somos capaces de responder por el otro? La desaparición y la masacre son ejecutadas sobre un grupo en específico. Sin embargo, nos afecta al resto y nos exige una respuesta. La atrocidad no puede dejarnos indiferentes.

Thursday, March 10, 2016

EL SANTO GRIAL ES DE SILICONA

Recuerdo el verano de 1998: mi hermana gemela y yo visitamos a nuestra querida madrina en Portland, OR, y tomamos cursos de animación cuadro por cuadro y oceanografía en el Oregon Museum of Science and Industry. En un baño del OMSI a los 12 años, descubrí un trozo de papel higiénico teñido de rojo.
Ya había recibido, alguna vez, la plática sobre la mens-trua-ción.  A grandes rasgos explicaron en qué consistía el fenómeno, aseguraron que a todas las mujeres les sucedía -incluso a mi abuela- y que era el rasgo distintivo de ser mujer. Sin embargo, no entiendo cómo ese fenómeno había pasado desapercibido, incluso en mi propia casa. ¿Existe algún entrenamiento para no dejar huella de la cuestión sangrante? ¿En qué había fallado la mujer que dejó un rastro de sangre en el baño? Haberme encontrado con ese papel manchado me hizo anhelar la llegada de mis sangrados mensuales y, entonces sí, SER una mujer.
El período se tardó en llegar y con la espera se disipó mi entusiasmo. Andrés, el que viene cada mes, llegó poco antes de que cumpliera 15 años y estuvo lejos de ser un sueño. Recuerdo que la semana anterior a la menarquia me había sentido débil, estuve resfriada e incómoda. La madrugada de un domingo fui al baño y sentí una descarga anormal pero no encendí la luz para ver qué había pasado. Fue hasta la mañana siguiente que descubrí que “ya era una señorita”, no una mujer. Le conté a mi mamá y ella me pidió que le diera la noticia a mi papá. Lloré, supongo que por el dolor de saber que cada mes me enfrentaría a una experiencia incómoda y desgastante. Odié las toallas femeninas desde el día uno. Me costaba creer que toda esa fase comprendía una absoluta tortura que me acompañaría hasta el fin de mi vida. Luego me informaron que hacia los cincuenta ocurre la menopausia y una para de sangrar por la vagina pero vienen otros achaques.
En automático, desarrollé todo tipo de estrategias para ocultar mi condición sangrante. Me irritaba que mi mamá me preguntara si ya estaba con la regla. Era un fastidio que me bajara justo en mi cumpleaños. Usaba un boxer bajo el pants de la escuela para poder hacer ejercicio. Guardaba las toallas en monederos para que no me sorprendieran con el paquetito indiscreto. Fueron numerosas las ocasiones en que amanecí con las sábanas manchadas, por suerte siempre en mí propia cama y aún así sentí vergüenza. Desde el principio me reventó la expresión “estoy en mis días” ¿Qué días, carajo?
En la escuela se empeñaron en hablar discretamente del sangrado. Los jóvenes de mi generación comenzamos a recibir clases de educación sexual perfectamente diseñadas para hombres y mujeres. Eso sí, abordadas por separado: no vaya a ser que elijan comprender al otro en vez de privilegiar la diferencia. De tal manera, las chicas nos tomábamos una clase donde nos explicaban todo el tema de SER mujer. Supongo que con los chicos pasaba algo igual para ser bien hombres. Nadie me habló de cómo poner un condón pero fui debidamente instruida en la colocación de la toalla sanitaria en mis calzones.
La posibilidad de nadar durante el período estaba realmente descartada. Qué mal la pasé aquel verano del 2001 en California: no pude sofocar el calor con un chapuzón porque me estaba bajando. Los tampones no eran una opción, no había eso en mi casa y no imaginaba la posibilidad de comprarlos o pedirle a mi mamá que lo hiciera. Además, ni loca me metería algo “allí abajo” como le llaman a la vagina los retrógradas que buscan controlarnos incluso al nombrar las partes de nuestro cuerpo.
Conforme fui creciendo, me sorprendía que algunas chicas fueran tan desinhibidas al hablar de la menstruación. Algunas sacaban la toalla o los tampones sin reparo. Otras se excusaban de ciertas actividades porque estaban “en sus días”. Ya en la preparatoria había grupos de chicas cuyos ciclos estaban sincronizados y los comentaban con mucha gracia. Ese me pareció el signo más bello de la amistad entre mujeres.
Sangre y autognosis
Poco a poco me di cuenta de que la menstruación es incómoda por su parafernalia y no por el proceso biológico en sí mismo. Tardé un montón en entender que el ciclo cuenta desde el primer día del sangrado y no cuando este finaliza. Pasé varios años de mi vida pensando que la regla se me adelantaba siempre. Me costó mucha sangre entender que yo misma podía resolver los malestares si aprendía a mirar mi cuerpo y entender mis emociones.
Recuerdo que cuando tuve la menarquia, mi hermana me recomendó dormir de costado para evitar mancharme en la noche. Si tenía cólicos, me sugerían hacerme un té y ponerme la taza caliente sobre el vientre. Nadie me dijo que era posible estar viva cuando sangras: se recomienda el reposo.
La publicidad y la cultura pop nos bombardean con imágenes de chicas que sucumben a la intensidad de sus cólicos o que maltratan al novio por la montaña rusa de la sensibilidad. Últimamente pretenden resarcir el daño con la representación de chicas que se van de fiesta vestidas de blanco: confían al cien en la toalla de su elección. Ahora también existe la variante atlética y audaz.
Poco a poco fui poniendo en práctica estrategias para no sufrir. Primero aprendí a llevar la cuenta del ciclo. Luego comencé a observar mi cuerpo y reconocer los signos: el acné en la cara, la sensibilidad en los senos, la tensión en el sacro, la hinchazón del vientre, la pésima digestión. Eso venía acompañado de cierta irritabilidad que aprendí a dominar para que nadie me dijera que estaba hormonal. Quise gobernar mi cuerpo biológico y emocional.
Para evitar el malestar de menstruar, comencé a tomar una pastilla de naproxeno sódico o ibuprofeno dos días antes de la fecha estimada de inicio. Con eso comencé a ahorrarme los cólicos y el SPM en general. Tengo la hipótesis de que la actividad sexual incide en los tiempos del sangrado -que sea puntual o no- pero no he podido validarlo por falta de información científica. He comprobado las propiedades analgésicas del orgasmo en compañía y por cuenta propia. Incrementé mi actividad física y comencé a utilizar tampones para poder correr y nadar cómodamente. Desobedecí a Patanjali en sus indicaciones sobre la práctica del Ashtanga Vinyasa Yoga cuando estás menstruando, aunque a veces sí me reservo las posturas invertidas.
¿Es que no hay salvación? Como decía, utilizar toallas sanitarias me irritaba -en sentido literal y figurado. Todavía no entiendo cómo otras chicas hablan de la suavidad y comodidad que estas brindan en sus bragas: ES IMPOSIBLE. Supongo que, en otro tiempo, llevar paños manchados causaba mucha molestia, especialmente a la hora de lavarlos. Aun así, hubiera preferido recurrir a ellos antes que a esos pequeños cultivos de cáncer. Son esos productos los que provocan la sudoración del pubis. Son ellas las que provocan el mal olor que se le adjudica a la sangre. Encima, la sociedad nos culpa por contaminar al mundo con nuestras toneladas de desechos carmesí.
Descubrir el santo grial
Cuando decidí que debía reconocerme como feminista, comencé a leer muchos fanzines y tumblrs de feministas estadounidenses. En uno de ellos descubrí la existencia de un recipiente de silicona que capta el sangrado: no daba crédito. Pensar que alguna vez sería posible erradicar los pañales diminutos se convirtió en mi norte. Me puse a leer mucho sobre la copa menstrual y las toallas reutilizables como alternativas a los tampones y las toallas desechables.
Como la copa menstrual es un producto disruptivo, su introducción en el mercado ha sido lenta. Recientemente se ha vuelto sencillo comprar una por internet pero el tema de la mensajería tiende a estresarme: no confío en mis vecinos y anticipo que el paquete podría extraviarse. Ya he perdido bastantes ejemplares de la Philomag en los últimos dos años que llevo suscrita.
Por ahí de septiembre de 2015 pude comprar una copa a través de Facebook. La amiga de una amiga las vende y las entrega en estaciones de metro. Nos pusimos de acuerdo para hacer la transacción. Fue un día muy emocionante. Ella me contó que algunas mujeres reservan la sangre para utilizarla con fines muy diversos. Me dio algunas sugerencias e instrucciones sobre cómo utilizarla. Llegando a casa me puse a ver videos en youtube y esperé paciente a que llegara el turno de insertarla dentro de mí y poner a prueba su encanto.
Como toda experiencia nueva, colocar la copa fue todo un reto. Al principio me obligué a combinarla con una toalla para no mancharme. Los días sin fugas fueron una fiesta. Ahí estaba yo entendiendo que los días que sangro son como cualquier otro día. Dejé de preocuparme por las rozaduras e incomodidades de las compresas desechables. Por primera vez en 15 años, celebré la menstruación.
Es imposible estar en el mundo sin tener una mínima capacidad de conocerse a sí mismo. Aunque esto se dice en un plano psíquico, conocer el cuerpo también es fundamental e introspectivo. Utilizar una copa menstrual nos permite ser más dueñas de nuestro cuerpo. Contribuye a cambiar la narrativa de la mujer desfallecida o incapacitada porque se le desprende el endometrio cada 28 días, en promedio.
Menstruar es una forma de conocerse a sí misma.
Tareas pendientes
Es mi deseo sumarme al creciente grupo de mujeres que pone la menstruación como tema relevante en nuestra sociedad. Sin embargo, hablar y reflexionar al respecto es un lujo para mujeres educadas como yo. Mientras escribo esto, millones de niñas, jovencitas y mujeres siguen sin acceso a condiciones mínimas de higiene. Una buena parte de ellas son humilladas por sangrar. Otras tantas ocultan sus periodos para no ser abusadas. Hay mujeres que durante la regla deben evitar el contacto con los hombres así como mantenerse lejos de ciertos alimentos y objetos para no ensuciar ni echar a perder las cosas. Los mitos en torno a la sangre menstrual son muy diversos y perjudiciales para las mujeres en el mundo.
Presumo que, eventualmente, la copa menstrual será un objeto accesible para todas. Además de ahorrar incomodidades, reduce la producción de desechos y el desarrollo de enfermedades. Nuestras vidas podrán desarrollarse sin la incómoda parafernalia de la menstruación al mismo tiempo que desactivamos mitos y prejuicios que pretenden someternos en lo cotidiano.

 Publicado originalmente en Registro (10 de marzo de 2016)

Thursday, February 18, 2016

GUARDAR SILENCIO

Largo es el tiempo, porque hasta el terror,
tomado por sí mismo como un motivo del cambio,
no logra nada mientras no se produzca un cambio
entre los mortales.
–  Martin Heidegger
Del conocido mito de la caja de Pandora, prefiero la versión en la que ésta deja salir las virtudes encerradas en el pithos que le fue obsequiada como regalo de bodas. Uno de los fragmentos de Teognis de Megara dice: “los juramentos de los hombres ya no son de fiar ni nadie venera ya a los dioses; la raza de los hombres piadosos ha perecido y los hombres ya no reconocen las reglas de conducta o los actos de piedad”. Las acciones de la humanidad reflejan más la falta de virtudes que la abundancia de males, ni siquiera porque nos quedamos con la esperanza.
Desde que los bienes se fueron volando hacia el Olimpo, hablamos sin reparar en la solidez de nuestros pensamientos, ya no hablemos de las acciones. Las ideas se mantienen a flote por el carácter superficial con que las revestimos. Corremos el riesgo de naufragar si no vemos en ellas icebergs que amenazan la posibilidad de diálogo, de comprensión, de aprendizaje.
Je suis Charlie, Je suis Paris, JE NE COMPRENDS PAS             
Ahora que la información es accesible de manera inmediata, la opinión se ha convertido en uno de sus aliados para promover la confusión. Aunque celebro y defiendo la libertad de expresión, me pregunto cuántas veces nuestras ideas pasan por el tamiz de la reflexión antes de ser emitidas. Los sujetos nos entregamos a la emisión de parecer respecto a un acontecimiento para no quedar fuera de la conversación. En realidad, lo único que conseguimos es meter ruido y provocar el desacuerdo, un componente primordial en la filosofía política de Jacques Rancière.
Habitualmente, comprenderíamos el desacuerdo como aquel punto en el que las partes no pueden llegar a una conclusión debido a las opiniones encontradas. La importancia del análisis de Rancière radica en el hecho de mostrar que el desacuerdo se refiere, más bien, a no identificar el problema del que se habla debido a que los interlocutores parten de racionalidades diferentes. Esto perfila la comprensión de la política como un desorden, una fractura en las relaciones de los sujetos. Allí donde uno reconoce que no es tomado en cuenta, se da el fenómeno del desacuerdo y, por lo tanto, de la política. En palabras del propio autor: “el desacuerdo no es el desconocimiento” (Rancière, 1996: 8) sino la falta de entendimiento.
En términos más sencillos: “… al mismo tiempo que entiende claramente lo que le dice el otro, no ve el objeto del que el otro le habla; o, aún, porque entiende y debe entender, ve y quiere hacer ver otro objeto bajo la misma palabra, otra razón en el mismo argumento.” (Rancière, 1996: 9) En este caso, lo que ocurre es que entre los interlocutores, uno entiende lo que dice pero no ve lo que le está diciendo o sobre lo que habla el otro.
Por si los medios de comunicación no eran suficientes, las redes sociales se han convertido en palenques ideológicos que a menudo ceden a los discursos en oferta para quedar bien. Me parece que nunca antes se había vivido tanto el fenómeno del desacuerdo que con la aparición de estas nuevas plataformas de interacción.
 Hacia finales del año pasado, las redes sociales fueron tomadas por dos tragedias muy específicas. El mundo entero reaccionó respecto a los ataques cometidos en el 8 de enero y el 13 de noviembre del año pasado en París fue de una indignación que robó reflectores. Realmente se trataba de una barbaridad. Por otra parte, la muerte del niño Aylan Kurdi, cuyo cuerpo apareció en la costa turca el 2 de septiembre de 2015, causó indignación pero duró poco. Es más, ya ni siquiera se lamentan las muertes de sirios que siguen buscando refugio en medio de una guerra absurda.
En Facebook hubo quienes pusieron un filtro de la bandera gala o que compartieron masivamente la imagen del niño ahogado, casi en automático. Aparecieron las etiquetas JeSuisCharlie (Yo soy Charlie) y JeSuisAylan (Yo soy Aylan). Los debates no se hicieron esperar. Por las reacciones de los demás, personalmente, me abrumaba pensar qué vidas valían más que otras: ¿por qué nos indignaba más esto o lo otro? Enunciar el “YO SOY” como gesto de solidaridad pasando por alto la máxima de Publio Terencio Homo sum, humani nihil a me alienum puto, “Hombre soy, nada humano me es ajeno”.
El desacuerdo se manifestó porque para la gran mayoría era imposible ver la crisis humanitaria que representa la Guerra en Siria por estar más atentos al terrible atentado ocurrido en Paris. Nos indigna los fragmentos de lo que sabemos pero si indagaremos un poco más, podríamos descubrir que todo comparte la misma raíz: habitamos un mundo que fue despojado de las virtudes. Dudo que quede la esperanza.
Estamos empeñados en transitar el camino de la doxa porque no nos interesa edificar un criterio propio y mucho menos entender la dimensión de lo que nos acontece. Es como si estuviéramos obsesionados con el conocimiento aparente y no haya nada ni nadie que pueda hacernos salir de la caverna. No hace falta volverse escéptico pero sí ser más selecto a la hora de informarse y pretender comunicar  una opinión.
Llevamos décadas cacareando el discurso hegemónico en turno. Como buenos alfiles neoliberales, apostamos por el fin de las ideologías y permitimos que datos irrelevantes pasen por noticias, dejando de lado aspectos cruciales de nuestra cotidianidad. Nos inclinamos a tomar partido rápidamente, pasando por alto la necesidad de mirar con detenimiento para emitir juicios y argumentar responsablemente.
 
Tiempo de penuria
No es que los últimos años hayan sido especialmente violentos y atroces. Se trata, más bien, de que nos enteramos cada vez más rápido de las atrocidades que ocurren en lo cotidiano. Ninguna de ellas ha ocurrido a la puerta de mi casa, pero todas me han cimbrado en mayor o menor medida. De ninguna de ellas me he sentido capaz de hablar, porque el horror es tan profundo que enmudece.
De tal modo, me he empeñado en observar mi entorno, hacerme preguntas y dedicarme a leer para encontrar consuelo. Lo último estuvo lejos de cumplirse pues con cada lectura el mundo me parecía aún menos comprensible. ¿Cómo es posible que se haya construido tanto saber en torno al dolor y la violencia sin que ésta deje de ocurrir?
Una de las lecturas a las que volví fue a “¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?” de Martin Heidegger. Pensé que ahí podría encontrar argumentos para seguir escribiendo sobre el mundo. Lo primero que encontré fue el reclamo insistente de Heidegger sobre el olvido del ser, el cual pudo haberse producido con la fuga de las virtudes. Sin embargo, a pesar de las atrocidades, el filósofo señala.
Tal vez la era no se convierta ahora por completo en un tiempo de penuria. Pero tal vez no, todavía no, aún no, a pesar de la inconmensurable necesidad, a pesar de todos los sufrimientos, a pesar de un dolor sin nombre, a pesar de una ausencia de paz en constante progreso, a pesar de la creciente confusión.
El tiempo de penuria está siempre por venir. Parece que no tenemos suficiente con la tragedia. En México, ni Acteal, Aguas Blancas, Ayotzinapa, Tlatlaya, por mencionar algunas masacres, han sido suficientes para movilizarnos más allá de las marchas y manifestaciones. Al día de hoy nos siguen desapareciendo, nos siguen matando. ¿Qué  más tiene que pasar?
Por otra parte, el pesimismo de Theodor W. Adorno me cobija como pocos filósofos contemporáneos. Ya decía él que, después de Auschwitz, escribir poesía es un acto de barbarie. Aún así, los niños en Theresienstadt publicaron 22 ediciones de Kamarad, una revista producida en el gueto de la hoy República Checa. Sus dibujos y poemas condensaban la penuria en la que estaban inmersos, recordaban tiempos felices y soleados. Quizá la producción artística fue lo que mantuvo a salvo a unos cuantos. Sin embargo, es un arte que horada, que provoca mirar la gran herida que es la humanidad.
Los trabajadores de la cultura de México nos hemos reunido buscando respuesta a la pregunta ¿QUÉ HACER? Hemos lanzado varias hipótesis sin conseguir una respuesta duradera. Algunos han optado por seguir haciendo arte a modo de resistencia. En cambio, yo sigo prefiriendo el silencio porque anhelo el día en que, como dice Anita Tijoux, entre todos podamos sacar la voz que estaba muerta y hacerla orquesta.

Publicado originalmente en Registro (18 de febrero de 2016)